CRÓNICA | Madrid; escenas de la ciudad madre

CRÓNICA | Madrid; escenas de la ciudad madre
Hugo Martoccia 

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ESCENA I
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Madrid se ha despertado hoy, quizá como siempre, hablando de política. El Sindicato de Prostitutas, el destino de los restos de Franco, o la tesis doctoral del Presidente, que puede o no ser un plagio, acaparan diarios, radios, televisión, y hasta las conversaciones de la calle. 
“Joder”, murmura el taxista ante una de las noticias. Un periodista radial parece indignado con todo un sector de la política. Dice que los socialistas lo único que hacen cuando están en el poder es robar. Está indignado casi con todos, pero prefiere indignarse más con unos que con otros. Los socialistas son su blanco predilecto. Cualquier latino puede sentirse en casa en un ambiente periodístico así de subjetivo y desigual. 
El enojo del español se parece al latinoamericano en las formas, pero cualquiera de nosotros sabe que los efectos no son los mismos. En México, los efectos de la corrupción los sentimos en la mesa de cada día, casi en la piel. En España, parecen estar más asociados a una reacción ideológica, a la idea de que no se puede realizar esa afrenta al colectivo y pretender quedar impune. 
El taxi avanza por las calles de la ciudad, y es casi un milagro que el único contratiempo sea el propio fluir de los vehículos, sin pozos sin fondo ni claxons furiosos ni insultos y enojos. 
La comodidad y limpieza del taxi, el orden del tránsito, el respeto innegociable al peatón, el trato humano, seco y respetuoso, nos recuerdan todo el territorio ganado por esa sociedad. 

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ESCENA II
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Una avenida que se llame la Gran Vía no necesita demasiada explicación. En este verano español, la icónica calle está cerrada por todos lados. Pero la incomodidad es progreso y futuro: se están restaurando todos los edificios antiguos que le dan la belleza a ese paseo. 
La Gran Vía es quizá la muestra más acabada de la amalgama de Madrid. Es el pasado esplendoroso restaurado y corregido para el goce estético. Es la muestra de que el centro neurálgico de una gran ciudad puede ser a veces un caos, pero no tiene porqué ser un infierno. 
Más allá, el Paseo del Sol o la Plaza Mayor son un deambular frenético de turistas y madrileños que parecen querer consumir furiosamente toda la vida al aire libre que puedan antes de que llegue el duro invierno. 

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ESCENA III
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La ciudad conserva todos sus trazos históricos con cuidado. Pero ha permitido, igualmente, que la modernidad la abrace y la iguale a otra urbes. Es una meca turística, una enorme vidriera histórica y cultural que cada año mas de nueve millones de curiosos de otros lados caminan como si fuera un parque Disney para adultos. 
No hace falta un mapa para visitar el Palacio Real o el Parque del Retiro o las Cibeles.
Solo hay que seguir la multitud, que se mueve como si fuesen las hormigas de la modernidad.  
Si uno agacha la cabeza, camina y se abstrae, en algún momento podrá creer que está en Buenos Aires o en la Ciudad de México. La modernidad hace que todo se parezca y mucho de ese todo no tenga sentido. 
Por ejemplo, es difícil imaginarse porqué alguien podría querer comer una Mc Donalds con tantos manjares culinarios en cualquier esquina. Pero sucede. Y mucho. 
Pareciera que en el centro de Madrid se ha perdido un poco la personalidad histórica. La ciudad se ha uniformado a criterios de revistas de viaje, y a hábitos de consumo que le son ajenos. Es la modernidad, es el consumo, es el dinero. Y es el presente y el futuro. 

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ESCENA IV
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En la Plaza Independencia un mesero prepara martinis en su propia mini barra. Es una esquina de Madrid que retrata muy bien el éxito de España. La terraza está repleta en esta tarde de martes, y a las mesas llega la humedad que arrojan ventiladores que intentan paliar los efectos del calor de un verano que ha sido especialmente hostil pero que ya emprende una lenta retirada. 
Allí hay que pagar una cerveza a 5 euros (más de 100 pesos) y sentarse a mirar y ser mirado. O quizá a conversar, sin olvidar nunca qué poses nos favorecen. 
La otra cara de la ciudad son los “manteros”. Vienen del África negra a buscar la parte de suerte que les corresponde en un mundo que ha endiosado al consumismo y nos los invitó. Tiran al piso sus mantas con baratijas y réplicas falsas en la calle, y las venden a un cuarto del valor de los originales. 
Nadie sabe cuántos son; entre 200 y 700, según quien los cuente y qué quiera decir de ellos. “Nos quitan muchas ventas”, dice un comerciante madrileño indignado. “Solo trabajamos. No les hacemos mal a nadie”, balbucea un senegalés en un castellano confuso, gutural. 
Como todo marginado del sistema, han ideado una forma de escapar al control policial, que es permanente. La policía antes los agarraba y les quitaba sus cosas. Ahora, atan una cuerda a los cuatro vértices de sus mantas, y eso les permite levantar de una vez y con velocidad todo su campamento, si ven que la policía viene a buscarlos. 
El ingenio que surge de la necesidad suele ser así: práctico, eficiente. Todo lo que son y lo que sueñan cabe en ese improvisado bolso. No es una vida fácil ni cómoda, pero, según ellos mismos, es mejor que de dónde vienen. 
Para los españoles esa es apenas una parte de un problema mayor. En tan sólo un fin de semana, en el sur del país han detenido a 680 inmigrantes ilegales del norte de África, que han cruzado el Estrecho de Gibraltar en embarcaciones precarias. 
Uno de los grupos de detenidos estaba compuesto por varias decenas de menores de edad, y algunos de ellos tenían hipotermia. Es, por un rato, la noticia del día. 
La atracción del progreso y de una vida mejor es más fuerte que la amenaza de la muerte. Las autoridades han contabilizado más de 30 mil ilegales que han llegado a las costas del sur de España este año, procedentes del norte de África. La cifras se duplican año con año desde 2016. 
Un sector cada vez más amplio de Europa sueña con excluir para siempre esas desigualdades, pero de un modo preocupante. Quiere a los inmigrantes lejos, allá donde pertenecen. El discurso xenófobo está presente en todos lados. Ya no es un murmullo.  

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ESCENA V 
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En la noche, los jóvenes madrileños se escapan hacia el pasado, hacia el desorden. Malasaña es una de esas zonas de las grandes urbes que habían quedado olvidadas del progreso, y luego alguien con olfato de negocio urbano las descubre y se recuperan. Los bares temáticos y rústicos proliferan. Esa estética prolijamente descuidada va con la moda de los jóvenes que atiborran sus calles. 
Ese Madrid no es tan limpio ni tan simétrico ni tan cuidadosamente antiguo y cultural como el otro. Pero se ha convertido en el Madrid de la movida joven. Hay bares amigables que venden la caña ( cerveza de barril, insuperable en sabor) a un euro con 60 centavos. También los hay más sofisticados que alcanzan los precios más altos del centro de la Ciudad.
Pero los jóvenes y adolescentes han encontrado su propia dinámica. Prefieren agruparse de centenares en la Plaza 2 de Mayo, que recuerda una gesta heroica contra los soldados de Napoleón, y ahora se convierte en un enorme bar al aire libre, donde los chicos beben cervezas y platican. 
Hay senegaleses y latinoamericanos que venden cervezas en latas de medio litro, que son las que los chicos más consumen. Hay olor a marihuana y a cerveza derramada, y hay alegría, histerias, gritos y provocaciones como en cualquier lugar donde hay tanta juventud reunida. 
También hay una fuerte sensación de desconcierto, como ese momento en que la rebeldía adolescente aún no encontró exactamente contra qué pelear o hacia donde ir. 
O quizá no es tan complicado. Quizá sólo le tienen miedo al paro (desempleo) y a no cubrir las expectativas que el Sistema (o sea sus padres, sus abuelos, sus amigos, sus novias, la señora de la esquina) tiene sobre ellos.
Por las dudas, en la tele les recuerdan varias veces al día que usen condón. La constancia de la publicidad oficial hace pensar que hay un problema. Pero las cifras oficiales dicen que la maternidad adolescente en España aún no alcanza un punto de crisis. Hubo poco más de 1100 nacimientos en toda España en 2017, de madres de menos de 16 años.  
En realidad, queda la sensación de que esa publicidad parece recordarles que la desorientación y los errores están permitidos a cierta edad. Pero que el otro mundo, el real, el de traje y corbata (ese mundo aún existe?) los espera un poco más adelante, justo en ese espacio que ahora transitan esos padres a quienes dicen no comprender.   
El mundo les recuerda que sólo están igual de perdidos que cualquier otro adolescente en cualquier otro lugar y tiempo. Y que su rebeldía no es ni siquiera novedosa y que tendrá el destino inevitable de todas las anteriores. Sólo otra de esas desiguales peleas contra lo establecido, que anima los mejores sueños, y casi siempre termina en mansas y dóciles derrotas. 

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ESCENA FINAL 
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Sentado en la terraza de un bar en esa avenida, uno entiende que para un latinoamericano Madrid tiene algo cercano, familiar, una suerte de bienvenida en el idioma, los acentos, las calles; ese aire de gran ciudad amistosa y querible. Los rostros son reconocibles; cualquier tía o señora de la tienda de una esquina de México puede tener esos mismos rasgos. Hay una familiaridad en la gestualidad, las formas, algunas palabras.
Seguramente está crónica es una mirada parcial de Madrid. Pero una gran ciudad se construye  también de eso; de la mirada parcial de su visitante. 
Madrid implica nuestra historia; en esta calles se gestó gran parte de la América que hoy somos. Pero también es nuestra pre historia; la culta y milenaria Europa anterior a que el mundo antiguo supiera que también estábamos acá.
Y es, como no, una mirada hacia el futuro; la ciudad que quisiéramos ser el día en que dejemos de crear entornos hostiles, inviables, imposibles. Madrid es historia, pero también la añoranza de lo que no hemos sabido ser. 
(Esta crónica fue escrita en octubre de 2018)