CRÓNICA | Puerto Banús; un set de Hollywood en la vida real

CRÓNICA | Puerto Banús; un set de Hollywood en la vida real
Lecturas de fin de semana de La Opinión.
 
(Hugo Martoccia)

 

A veces parece como si uno caminara por un gran set de Hollywood. 
Están las pequeñas calles con tiendas de las marcas más caras del mundo (irrealmente caras) y las mujeres hermosas (demasiado hermosas, como si una parte de esa hermosura no les correspondiera) que caminan con sus pequeños perros increíbles. Y nada de eso parece totalmente real. 
Antes de convertirse en algo desmesurado u obsceno, el lujo es así: intimidante y remotamente cinematográfico. 
Puerto Banús, el lugar más lujoso de Marbella, España, a veces lo es. Los yates amarrados en el muelle pagan dos mil euros por día para poder tener ese pequeño espacio en uno de los paraísos del capitalismo, del glamour, y de lo prohibido. Un puerto de atraque de 26 metros por 5.80 se puede pagar en 800 mil euros. 

Puerto Banús debe competir con Hong Kong o Dubai en el promedio de autos de lujo por habitante. Por sus escasas calles circulan Ferraris, Porsches, Lamborghinis, Audis, Mercedes, y hasta un Bentley descapotable que unas pocas cuadras mas allá tiene un cartelito que le pone precio: 95 mil euros, algo así como dos millones de pesos.
Hay también en esas calles un culto por la juventud y la belleza. Un Ferrari descapotable con tres muchachas bellísimas se pasea por la calle principal. La ropa escasa y el volumen de la música son una transgresión permitida, y un sello de la tardía adolescencia. Seguirán otros automóviles similares en situaciones muy parecidas. Son los jóvenes de la movida marbellí que copan a toda hora Puerto Banús.
Una gran cantidad de ellos tienen marcados rasgos árabes. Las casas reales de los Emiratos Arabes o Arabia Saudí eligieron hace muchos años a Marbella como una suerte de sede alterna. 
Ellos fueron los principales inversores que desde 1970 han creado Puerto Banús. El puerto está a unos cinco kilómetros de la ciudad de Marbella, y entre uno y otro lugar está la Milla de Oro, un gigantesco proyecto urbano de lujo y riqueza. 
El lugar nació para ser glamoroso. Dicen que a su inauguración llegaron los reyes de España, el mítico dueño de Playboy, Hugh Hefner, y todo el jet set europeo. Esa atracción del lugar con ese mundo nunca cesó. 
Ninguna tienda de artículos de lujo que se precie de tal puede obviar una sede en Puerto Banús. Luis Vuitton, Jimmy Choo, Rolex, Dolce&Gabbana, y todos los etcétera imaginables están ahí. 

Los relojes impagables decoran las vidrieras de negocios donde se medirá el éxito turístico de la temporada. El dueño de una de esas casas le dice a la prensa que este año vendió varios relojes de 20 mil, 30 mil, y hasta 60 mil euros. Fue, entonces, exitosa. 
Más de seis millones de personas pasan por Puerto Banús cada año. La mayoría son turistas curiosos. Pero hay un pequeño grupo que transita el lugar de otra manera, como si fuesen los verdaderos dueños. Quizá lo sean.
Son los que manejan esos autos de lujo que copan las calles. Pasean una ostentación sin culpas, orgullosa. Se juntan en clubes de playa donde consumen botellas de nombres impronunciables y precios ridículos. 
 
El futuro es para ellos un mapa ya dibujado, en donde no hay lugar para esos problemas que le consumen a la gente normal el 90 por ciento de su vida: el trabajo, el dinero, el progreso, la casa propia. Son los que están en la cúspide del sistema, y se lo hacen saber a todos. 
Y cuando uno los ve, parece que ellos realmente formarán parte de un set de Hollywood que en algún momento va a desarmarse y todo volverá a la normalidad. 
Como esa mujer que camina por un andador de madera a un costado de un club de playa. Porta una belleza casi perfecta, trabajada por la ciencia, ordenada de acuerdo a los cánones estéticos que han impuesto esas mismas marcas de lujo que tienen sus casas allí. 
A su lado camina un perro pequeño, y todo se vuelve un poco más irreal. Los perros no han nacido para parecerse a un ovillo de lana viviente, piensa uno, quizá ingenuamente. 
Un poco más allá, un par de muchachas jóvenes y hermosas y ricas, estacionan su Audi rosa frente al muelle de yates. 
Y uno piensa que sí, que definitivamente es un set de Hollywood, y que allí se filma sin descanso una historia donde todos parecen haber ganado ya todo lo que se puede ganar.