Mauricio Rodríguez gana enemigos dentro del gobierno de Cancún

Mauricio Rodríguez gana enemigos dentro del gobierno de Cancún

Hugo Martoccia -Mesa Chica

Los últimos dos o tres meses aceleraron los tiempos políticos en Benito Juárez, y en el estado en general. Hasta hace no mucho, parecía que el momento electoral era lejano, que había tiempo hasta para equivocaciones. Por razones diversas, esa situación ha cambiado.

Cancún es, previsiblemente, el epicentro de demasiados problemas sociales y políticos del estado. Solo Playa del Carmen puede disputarle el nivel de conflictividad. En ese contexto, la rispidez política, incluso entre aliados, ha llegado a niveles máximos. En ese mundo de acuerdos, rencores y desconfianzas, nadie concita tantas opiniones en su contra como el secretario general del Ayuntamiento de Cancún, Mauricio Rodríguez Marrufo.

No es difícil explicarse el porqué. La posición de Rodríguez Marrufo nunca quedó del todo explicada. Solo en el ámbito de un acuerdo irrompible entre El Niño Verde, Jorge Emilio González Martínez, y el ex gobernador, Roberto Borge, tenía sentido su presencia en el Gobierno de Cancún . El caso cobró aún ribetes más increíbles cuando el funcionario fue mencionado en denuncias como parte central de la red de funcionarios borgistas que vendieron tierras públicas a precios ridículos. Aún así, se lo sostuvo en el cargo.

Esa decisión le significó al alcalde de Cancún, Remberto Estrada, más problemas que soluciones. Significó, incluso, parte de las razones por la cual su relación con el gobernador Carlos Joaquín se congeló. La única explicación que se encontró, entonces y ahora, quedaba circunscrita al mencionado acuerdo del líder nacional del partido, que es palabra santa en el Verde Ecologista.

Ese acuerdo no es nada improbable, por cierto. Hay varias señales que demuestran que los pocos borgistas que quedan están encontrando refugio en el Verde. Si ese acuerdo llega hasta Rodriguez Marrufo nadie lo sabe. Pero es la única forma de entender lo que sucede.

Sin juzgar sus capacidades personales, su presencia se ha convertido en un verdadero problema para el alcalde Remberto Estrada. Es un funcionario que, hoy, no le puede alcanzar al alcalde ninguna de las soluciones que requiere.

Nadie sabe si tiene las aptitudes para ser un buen Secretario; lo que es seguro es que las condiciones no están dadas para que lo sea. Sin interlocución con el estado; miembro de un grupo político denostado por la sociedad y por la propia política, y aquejado por horarios y tareas que no parece dispuesto a cumplir, Mauricio Rodríguez no puede sostenerse en el cargo.

Esa certeza la tiene un sector del propio gobierno de Remberto, que considera que la situación ha llegado muy lejos. Varios funcionarios de la segunda línea de poder que lo vieron estas últimas dos semanas, coinciden en describir la imagen de un alcance tenso, nervioso, que no encuentra un punto de apoyo político.

“El Secretario no lo ayuda”, explica uno de ellos, “tiene que manejar la política interior, tiene que ser un muro que cubra al alcalde y no lo hace. Desaparece todos los días a las 8 de la noche”.

Más allá de los detalles, la situación es cierta. La interlocución del Secretario está acotada por todos los frentes. Su representatividad se agota en un círculo de amigos y funcionarios elegidos por él, que manejan con secrecía todos los asuntos. Nadie ha podido entra allí.

En el PRI la mirada sobre la función de Mauricio Rodríguez es como la de un partido opositor. Creen que no los representa en ningún aspecto de la alianza que tienen con el Verde. Si la alianza entre ambos partidos se mantiene para la elección de 2018, algunas cosas deberán cambiar en la relación entre las partes.

Aquel probable acuerdo entre Borge y El Niño Verde, entonces, no tiene sentido en este caso. Está en juego el futuro político de Remberto Estrada, y de todo el Partido Verde en el estado. Los frentes de tensión política del alcalde son demasiados, en un entorno, además, en donde la inseguridad y la violencia se pueden llevar por delante cualquier proyecto político.

En ese mundo hostil, no hay lugar para daños autoinfligidos ni para sostener errores.