REPORTAJE | Argentina, el país de la crisis eterna

REPORTAJE | Argentina, el país de la crisis eterna
Lecturas de fin de semana de La Opinión. 

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Hugo Martoccia 

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En casi 70 años, desde 1950 hasta hoy, Argentina pasó un tercio de su tiempo en recesión. Casi 25 años en los cuales la economía se contrajo. Con esos datos, lidera uno de esos rankings que ningún país quiere liderar. Ninguna otra economía ha tenido un comportamiento tan errático desde la mitad del siglo pasado. 

El inminente 2020 encontrará otra vez al país del sur sumido en una nueva crisis, de esas que parecen ser parte de su propia idiosincrasia. ¿Cómo se sobrevive en un lugar así? “Volviéndose cada día más pobre”, dice Jacinto, que tiene casi tantos años como esa estadística. 

Jacinto es porteño (nacido en la capital, Buenos Aires) y trabajó durante su primera juventud en la zona del cordón industrial del Gran Buenos Aires, una gigantesca área metropolitana en donde se asentó alguna vez el sueño de la que fue la mayor clase media de América Latina. 

Luego, la fábrica donde trabajaba cerró, y comenzó un largo peregrinar de décadas entre empleos diversos. Le fue como al país; a veces bien, a veces mal, pero siempre, después de cada crisis, terminaba un escalón más abajo. Ahora, acompaña a su nieta más chica a la Feria Internacional de Turismo de Buenos Aires. En ese ambiente, Jacinto transfiere su esperanza de fuga a la otra generación. “Se tienen que ir, este país no va a ninguna parte”, dice. No parece decirlo con tristeza, sino más bien con enojo.  

El futuro para su nieta no parece el mejor. El desempleo entre los jóvenes ronda el 20 %, la tasa más alta de la región. Pero el flagelo es mayor; aún los que trabajan no consiguen satisfacer sus necesidades básicas.

La última tasa de desempleo es las más alta en más de una década: 10.6%, más un 13% de personas con empleos precarios. Y la pobreza pegó un salto gigantesco a casi el 35%. El 50% de los niños es pobre. Una calamidad que espera agazapada para comerse todo el futuro. 

Muchos de esos números tiene que ver con la gestión de Mauricio Macri como Presidente. Desde que asumió en 2015 todo ha ido cuesta abajo. El dólar pasó de valer 9 pesos a 60 pesos; la inflación pasó del 25 al 50%, la pobreza del 25 al 35%. Hay 5 millones de nuevos pobres y para fin de año se espera que el 10% de los argentinos no puedan cubrir sus necesidades alimenticias básicas, en un país que produce alimentos para 400 millones de personas. 

Durante el actual gobierno, el país se endeudó en más de 100 mil millones de dólares que nadie puede explicar muy bien a donde fueron a parar. Argentina es el mayor deudor mundial del FMI, con 57 mil millones de dólares, y ya es casi un hecho que deberá reestructurar su deuda el año que viene, porque no puede pagarla. 

¿Macri fue otro experimento fallido de las derechas latinoamericanas? ¿O víctima del pasado económico inmediato, que no le dejó margen de maniobra? Esa pregunta la van a responder alrededor de 25 millones de argentinos que saldrán a las urnas para elegir presidente el próximo 27 de octubre.

En las elecciones primarias del pasado 11 de agosto, Macri sufrió una paliza electoral de la que difícilmente se reponga. Perdió por una diferencia de 17% de votos ante la fórmula peronista Fernández-Fernández.  

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¿TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR? 

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El doble apellido de esa fórmula electoral esconde en realidad el gran trauma político de la Argentina en los últimos años: “la grieta”, como se le llama a la extrema polarización política de la sociedad. 

El segundo Fernández de la fórmula corresponde a Cristina Fernández de Kirchner. Fue presidenta de la Argentina entre 2007 y 2015. Esposa de Néstor Kirchner, quizá el principal gestor de la recuperación que tuvo el país luego de su última gran crisis, en 2001-2002. Una gestión económica y política muy exitosa, y, quizá, su prematura muerte en 2009, lo elevaron a la categoría de mito, en un país donde los mitos definen los trazos gruesos de la historia (Perón, el Che, Evita, Gardel, Maradona). 

Pero los 8 años de su viuda en el poder no fueron iguales. El país se polarizó en dos bloques irreconciliables (de ahí “la grieta”) y la economía tuvo altibajos. Soportó lo mejor que pudo la crisis internacional de 2009, y tuvo un rebote fenomenal en 2010. De allí en adelante, el país se estancó.  

La herencia económica de Cristina no fue fácil para Macri. Dólar oficial subvaluado, economía cerrada, inflación creciente, déficit fiscal inmanejable, y la eterna falta de dólares a la que la economía se enfrenta, más o menos, cada década.  

Pero también hubo en esos periodos un altísimo nivel de consumo, y algunos de los más grandes programas de distribución de recursos hacia lo sectores más necesitados, que le dieron a Cristina Fernández una base electoral inquebrantable. Algo así como un tercio del país la hubiese votado siempre, en cualquier circunstancia. 

Durante su gestión, Macri persiguió judicialmente a todo lo que tuviera que ver los Kirchner, y muy especialmente a Cristina. Se descubrieron enormes tramas de corrupción, pero muchas de ellas, cuando salieron de los medios de comunicación y se trasladaron a los juzgados, fueron perdiendo fuerza. 

Ahora Cristina ha vuelto para competir con él, pero haciendo un gesto de renunciamiento político que, por lo que se ve, fue muy exitoso. Le dejó el lugar de la presidencia a Alberto Fernández; ex Jefe de Gabinete de su esposo, y un peronista con carácter conciliador, alejado del show de la política, que pasea su perro él mismo, y enseña Derecho en la Universidad. 

Ese hombre, con el aporte de votos invaluable de Cristina (que, dijo, prefirió no ir de Presidenta para no polarizar más a la sociedad) logró que la mitad de la población lo vote en agosto pasado, y amenaza con aumentar su caudal de votos para el 27 de octubre. 

Su bandera de campaña es, evidentemente, recuperar la economía, devolverle a la gente el trabajo y los ingresos que Macri les quitó, y hacer una fuerte campaña contra el hambre. Por su parte, Macri siguió agitando, durante la campaña, la bandera de la lucha contra la corrupción y la ilegalidad. La sociedad le respondió haciendo cuentas sobre sus necesidades básicas, que cada día es más difícil cubrir. 

Ya lo dijo Bill Clinton en su histórica campaña a la Presidencia de Estados Unidos: “Es la economía, estúpido”. 

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RECOLETA Y EL IMPERIO  

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En la lista de los mejores bares del mundo recientemente publicada, hay dos argentinos. Florería Atlántica, una bar que está en el subsuelo de una florería, es el número 3. Varios puestos más abajo aparece el bar Presidente. 

También aparecen, en cualquier lista mundial, otros lugares como el roof del lujoso Hotel Alvear, o el Pony Line. Todos tiene en común que están en la zona de Recoleta, uno de los nichos de riqueza y opulencia más importantes de la Argentina. Un poco más allá está la librería Ateneo Grand Splendid, catalogada como una de las 10 mejores del mundo. 

Esa es la otra Argentina, la del diseño, la creatividad, la riqueza, la que se codea con cualquier gran ciudad del orbe. En esos bares los precios de los tragos siguen al dólar, se vaya a donde se vaya el valor de la moneda estadounidense. Son bares literalmente prohibidos para la inmensa mayoría de los argentinos, que con suerte pueden ganar 500 dólares al mes, si tienen un trabajo estable y en blanco. Pero más de un tercio de la economía está en negro, y allí los números son muy diferentes. 

Eso no importa en Recoleta. La mayor parte de los más de siete millones y medio de turistas extranjeros que llegan al país pasearán por esa zona, y terminarán consumiendo algo allí, o en otros bares y restaurantes parecidos donde dejarán sus preciados dólares. 

Por esas calles, creadas a mediados del siglo 19 a imagen y semejanza de Paris, circulan coches importados, hay tiendas de moda de las marcas más caras del mundo, y se pasean todo el día y la noche cuerpos esculpidos por vaya a saber qué fortuna genética, y trabajados luego, si es necesario, por la fortuna económica. 

Pero esa opulencia es cada vez más escasa, se extiende a lugares como Puerto Madero, Belgrano, Nuñez, Palermo, y muy poco más, y luego va desapareciendo a medida que uno se adentra en la ciudad.  

Días atrás todo el país quedó conmovido por una fotografía aérea de una “villa miseria” enclavada en el mismo corazón de la capital, en donde había una fila de 70 metros para comprar droga. Todos los miedos, los males y los fracasos del país estaban representados en esa foto, a 5 kilómetros de la opulencia. Las zonas liberadas al narcotráfico, las mafias crecientes, la pobreza y el hacinamiento, la juventud que ve cancelado su futuro. Todo junto. 

Más allá de Buenos Aires, el país profundo es otra cosa. Allí el desempleo y la pobreza se sienten con fuerza. Todos los días cierran fábricas y negocios, y en algunos poblados empieza a funcionar el trueque como una forma de cubrir las necesidades cuando no hay dinero.  

Esas son las dos caras de la Argentina, pero son dos caras muy desiguales. Una, la más pequeña, es el sueño de los que creyeron construir un gran país, dos siglos atrás. La otra es la realidad de un país que no parece encontrar su destino soñado de grandeza. 

En 1964, Charles De Gaulle visitó Buenos Aires. Era una época de oro de la ciudad, y esos días fueron de fiesta. Al presidente francés lo acompañaba el afamado escritor André Malraux. Cuando se iba del país y le preguntaron su impresión de Buenos Aires, el escritor dijo: “Es la capital de un imperio que nunca existió”.  

Es cierto. La capital sigue allí, fastuosa, encantadora, imperial a veces. Pero el imperio nunca existió.