CJ, la autocrítica y la revisión del “cambio”

CJ, la autocrítica y la revisión del “cambio”
Hugo Martoccia – Mesa Chica 

 

Hubo escasas buenas noticias para Carlos Joaquín la noche del 1 de julio. Como casi todos, el gobernador observó sorprendido que el efecto López Obrador desafió encuestas y expectativas. Ese tsunami electoral fue más fuerte y tuvo efectos más profundos que los esperados. 
Muchas razones exógenas podrán buscarse amparados en un contexto nacional insólito, pero la realidad es que cuando se cierren los cómputos oficiales en las elecciones municipales 
en el estado, la coalición PAN-PRD-MC habrá perdido quizá 100 mil votos con respecto a 2016. 
¿Cuánto tiene que ver AMLO? Es difícil de mensurarlo, pero una elección municipal nunca se juega tan lejos. La mayoría de las razones de los votos fugados deben buscarse, entonces, puertas adentro de la coalición. 
Todos sabían que AMLO iba a ganar, pero hasta pocas horas antes de conocer los números, existía la esperanza de que se podía desacoplar la elección local de la federal. Al final, lo que se vio es que apenas las estructuras electorales de los municipios pequeños pudieron resistir ese tsunami. 
De allí vinieron las pocas buenas noticias que recibió el gobernador. Sus candidatos en la zona maya, José Esquivel, en Felipe Carrillo Puerto, y Sofía Alcocer, en José Maria Morelos, ganaron la elección. Victor Maas le arrebató Tulum a Marciano Dzul, que es también un viejo aliado del mandatario estatal. 
El triunfo de Pedro Joaquín Delbouis en Cozumel habrá tenido un efecto similar. Más allá, no hubo nada que festejar. Hubo, además, algunas noticias que fueron directamente malas y preocupantes.
La derrota contundente de Luis Torres en el distrito electoral 2, es la de un hombre del gobernador. En Othon Pompeyo Blanco, donde se gestó el triunfo electoral del Carlos Joaquín en 2016, el Frente fue aplastado por MORENA.
Solidaridad, la cuna simbólica del neojoaquinismo, pende de un hilo. Podría allí morir el proyecto más querido del gobernador: la reelección de Cristina Torres. 
Todos esos datos, debe entenderse, no son sólo numéricos o electorales. Se trata de la columna vertebral del proyecto y de la sucesión. Esa es su trascendencia. 

 

 

EL SÍNDROME DE HUBRIS  

 

 

El Síndrome de Hubris, conocido como la “enfermedad del poder”, refiere al proceso que lleva a quienes ejercen el poder, normalmente en los primeros círculos alrededor de los ejecutivos, a creer que todo lo saben, y que nunca están equivocados. Son personas que se encierran en sus propias realidades, sin atender casi al contexto. 
La psicología ha estudiado este trastorno durante años, pero la política no encuentra las armas para evitarlo. 
La derrota, como se sabe, no tiene padres. Y gran parte de ello tiene que ver con que el poder suele ser esquivo con la autocrítica. 
En el primer círculo de Carlos Joaquín ya hay quienes sostienen sin ruborizarse el discurso de que los votos que se fugaron del Frente sólo corresponden a un contexto nacional inusual e irrepetible. El staff de asesores del gobernador ha comenzado a sufrir el Síndrome. 
El problema es que en un submundo de esas características, la autocrítica no tiene espacio. Y ese es un pésimo contexto para poner sobre la mesa en el círculo íntimo de poder, como debería hacerse, la discusión sobre los errores propios que derivaron en la debacle del 1 de julio. 
Hay datos duros que es más fácil explicarlos con la respuesta más sencilla. 100 mil votos no pasan de un lado a otro del espectro político solo por razones exógenas. Es más fácil y practico pensar que hubo errores propios, y que hay que solucionarlos de cara a la elección local de diputados en 2019.

 

AJUSTES AL CAMBIO 

 

 

La debacle electoral del Frente tiene dos epicentros bien marcados; Cancún y Chetumal. En el sur, la coalición oficialista perdió casi 40 mil votos. En Cancún se perdieron otros 20 mil. 
El caso Cancún, se sabe, es el más polémico, porque incluyó, por sí mismo, todos los errores que podían cometerse. El “caso Chanito” es bastante conocido, pero podría resumirse así: Nadie en el Frente trabajó para crear una candidatura y un proyecto, y terminaron con un candidato que es apoyado y conocido sólo por un puñado de dirigentes perredistas. Un despropósito total.  
En Chetumal el mensaje es muy claro: el cambio que la gente esperaba en 2016 no sucedió. Por ello, los votantes volvieron a apostar a un cambio, esta vez representando por MORENA. 
Todo debe decirse, sin embargo. Se trató de una elección limpia, más allá de algunos hechos puntuales propios de la efervescencia electoral, y algunos de gravedad extrema que trascienden las fronteras del estado.
Los candidatos de todos los partidos pudieron expresarse sin persecuciones. El día de la elección no hubo grandes problemas que reportar.  Carlos Joaquín hizo referencia a ello, y dijo que es parte del “cambio profundo” que vive el estado. Es cierto. Las últimas elecciones locales en Quintana Roo incluyeron la censura, la proscripción y la persecución. Nada de eso sucedió esta vez. 
La otra parte del “cambio”, sin embargo, la que corresponde a los hechos más tangibles, requiere de ajustes. La sociedad lo ha determinado y no conviene desoír esa voz. 
El Gobierno debe reencontrar su relato. Volver a explicarle a la sociedad porqué decidió darle la confianza en 2016. Reeditar ese acuerdo político y social. Quizá refrescar el gabinete no sería una mala idea en este momento. 
Un nuevo tiempo político ha nacido en México, y tendrá su correlato en Quintana Roo. El desafío es enorme, pero el Gobierno Estatal y sus aliados tienen a su favor que MORENA es una enorme fábrica de egos incontrolables. 
El partido de AMLO en Quintana Roo es, hoy, una amenaza para los otros, pero también para sí mismo. Allí, el Síndrome de Hubris llegó, incluso, antes que el poder.