Hugo Martoccia – Mesa Chica
Una estudiada andanada mediática que se vio en las últimas semanas, y que incluye al senador priista Félix González Canto y algunos de sus aliados, propone un análisis de cuál es el propósito del Gobierno estatal detrás de esta estrategia. El hecho, sin embargo, no requiere más que dos lecturas: o se trata de una jugada básica y natural para debilitar al adversario electoral; o se trata de la elección de un enemigo político.
Una tiene que ver con el proceso electoral inminente. La otra es más profunda, y tiene que ver con la propia identidad de la alianza de Gobierno que encabeza Carlos Joaquín.
Si se trata de una estrategia electoral, es bastante simple de explicar. Félix González es la figura más visible de la oposición al Gobierno de Carlos Joaquín. Es el único político con ascendencia dentro del PRI, y con una red de influencias regionales y nacionales como para presentar una batalla electoral en 2018. La batalla la puede librar enarbolando la bandera, o desde las sombras.
La ausencia de figuras electorales de peso de uno y otro bando han llevado incluso el ex gobernador a pensar en postularse como candidato a diputado federal por el Distrito I, con cabecera en Playa del Carmen, y que incluye Cozumel, Tulum, Lázaro Cárdenas e Isla Mujeres.
En esa estrategia, el ex mandatario ha incluido a Gabriel Mendicuti, que podría incluso volver a pelear por la presidencia municipal en Solidaridad. Por eso no es casual que el mismo Mendicuti esté hoy también inmiscuido en las notas que han proliferado en los medios últimamente, atacando principalmente su pasado borgista.
En este caso, se repite, se trata de una estrategia lógica. Vincular a esos personajes políticos con hechos de corrupción o con el pasado para quitarles fuerza electoral, es lo natural antes de una elección. Nada de qué sorprenderse. Seguramente, de ser así, el proceso se va a intensificar con el paso de los meses.
Hay quienes sostienen, sin embargo, que el PRI está muy debilitado y que no habría forma de que se recupere para la elección local de 2018, por lo cual no haría falta dedicarle tanto esfuerzo. Quizá sea un error ese pensamiento.
Sólo basta mirar los resultados del pasado 4 de junio en el Estado de México, Veracruz, Nayarit y Coahuila, para darse cuenta que los ganadores son los mismos de siempre. O la sociedad no está tan harta como se muestra en la redes sociales. O los que votan no son los mismos que se quejan en la redes sociales.
En cualquier caso, es un fenómeno para tomar muy en cuenta. Entonces, para el Gobierno, no está de más tomar todas las precauciones.
EL ENEMIGO POLÍTICO
Si Félix González ha sido elegido como enemigo político, la situación es diferente.
Fue el filósofo alemán Carl Schmitt quien pensó en la categoría amigo-enemigo como eje de la política. Para Schmitt, la elección del enemigo influye al propio grupo político; le genera identidad y pertenencia. El enemigo es el otro, el distinto, y entonces cohesiona al grupo propio.
En la construcción de la candidatura, y en la campaña electoral de Carlos Joaquín, ese lugar lo ocupó previsiblemente Roberto Borge. Era lo más natural y lógico, y tuvo un efecto importante. Tan es así, que se generó una alianza muy diversa en contra de todo lo que significaba Borge.
Pero Borge ya está en la cárcel, y quizá haya una cierta satisfacción de conclusión en su caso, aunque la ofensiva jurídica esté lejos de terminar.
El ex gobernador será seguramente un botín electoral, pero ya no un enemigo político. Para la política, el ex gobernador es un despojo, ya no significa nada.
LOS RIESGOS DEL ENEMIGO POLÍTICO
En ese contexto, parece lógico la elección de un nuevo enemigo político, y que ese enemigo sea Félix González Canto.
Quizá podría ser Remberto Estrada, un político opositor al gobernador con votos y con responsabilidades de gestión enormes. Pero el alcalde de Cancún no tiene el peso específico para ponerse en el lugar de un enemigo. Remberto es, apenas, un mal gobernante, y no hace falta ninguna estrategia sofisticada para debilitarlo.
Como ya se explicó, Félix González tiene otra trascendencia y otro peso político, algo, por cierto, natural a una trayectoria más amplia. Y el Gobierno toma nota de ello y lo pone en un lugar que sirva para mantener la identidad del grupo propio.
También esta opción tiene un riesgo. Elegir un enemigo es darle también cierta centralidad política, ponerlo en un lugar de relevancia constante que siempre incluye la posibilidad de que la estrategia se salga de control.
Por ejemplo, que el Gobierno deje de ser oficialismo y se convierta en algo así como “la oposición de la oposición”. Suele suceder en alianzas desacostumbradas al poder. Sucede hoy en el Estado: al PRI le cuesta ser oposición, y a la alianza en el poder le cuesta ser oficialismo.
Ese oficialismo, entendido o no, no debe olvidar algo: normalmente todas las elecciones interpelan al que gobierna; el que está en el poder es el que gana o pierde la elección.
UNIR A LA TROPA, EL “INTERÉS VITAL”
Quizá de lo que se trate, en el fondo, es de volver a buscar un sentido de pertenencia en una alianza, como la que llevó a Carlos Joaquín a la gubernatura, que es políticamente muy dispar. ¿Cómo mantener unido en un mismo sentido al PAN, al PRD, a los partidos satélites que se sumaron, y al priismo desencantado del borgismo?
Para explicarlo hay que citar a otro filósofo. Se trata del recientemente fallecido Zygmunt Bauman, uno de los más importantes de los últimos años, que en su último libre dice:
“Una muestra de sabiduría política es encargarse de que haya algunos enemigos, con el fin de que la unidad de los miembros sea efectiva, y para que el grupo siga siendo consciente de que esta unidad es su interés vital”.
Esas palabras podrían haber sido escritas para la situación actual en Quintana Roo.









