El título de esta columna no implica la idea de un plan que esté en el tercer lugar detrás de otros dos. Es más bien un juego de significados con esa letra, e intenta mostrar un posible cambio de estrategia (o quizá la exposición clara de ésta) por parte del oficialismo estatal para las elecciones de 2022. Esa trama se irá develando en el texto.
Podríamos decir que el Plan A es la idea extendida de un triunfo claro de MORENA en 2022, de acuerdo a las encuestas y al peso específico de Andrés Manuel López Obrador en el estado.
La semana pasada, en este mismo espacio se dijo que la posibilidad de una candidatura en MORENA de Rafael Marín Mollinedo para la gubernatura, sería una forma de controlar el caos en que se ha convertido ese partido, y garantizar que los votos no se dispersen.
Y en los papeles es cierto. Ese sólo nombre ordena el espacio político de MORENA en Quintana Roo. El tema está en los hechos. Rafa Marín ha dicho demasiadas veces, en público y en privado, que no quiere ser gobernador. Una de las razones que ha expuesto es su edad y sus ganas de ir de a poco dejando la exposición pública.
Si Rafa Marín no es el candidato, MORENA se mete en un conflicto mayúsculo, que aquí también se ha explicado. Las facciones del partido en el estado parecen irreconciliables, y cualquiera sea el nombre que finalmente se quede con la candidatura, hay todo un sector que no lo va a apoyar.
Incluso, esa situación pudiera llevar a la dispersión del lopezobradorismo en diversos partidos nuevos. En ese contexto de un lopezobradorismo dividido, estaría ubicado, entonces, el Plan B.
¿GAME OVER MARA?
Durante muchos meses el nombre de la alcaldesa de Cancún, Mara Lezama, aparecía como la solución natural al conflicto electoral de 2022. Tenía la venia de AMLO, los votos de MORENA, y la confianza del gobernador Carlos Joaquín y de gran parte del panismo.
El Plan B podría definirse entonces como la opción de que MORENA gane, pero que sea con alguien también apoyado por el oficialismo. Una suerte de “candidatura de unidad”, como fue la de Mara en Cancún en 2018.
Pero el problema allí es la gestión de la alcaldesa. Desde este espacio se dijo incontables veces que la presidencia municipal de Cancún es una trituradora de políticos. Y Mara ya comenzó a sentirlo.
El fallido con los contenedores de basura es un ejemplo total de lo que pasa en esa administración, porque abarca todos los errores juntos.
Desde el inicio de Gobierno se le advirtió a Mara que cualquier relación con la concesionaria de basura sería un error político gigantesco. Y, si esa relación implica imponer a empresarios el cobro de contenedores de basura mediante una adición a la Ley, que se hizo a oscuras, el tema ya adquiere ribetes de escándalo.
Mara dice en privado que todo eso viene desde la administración anterior, de Remberto Estrada. Y es cierto. Pero por alguna razón eso no lo dice con la misma claridad en público. Lo cual nos lleva a otros dos errores suyos: la personalidad de su proyecto, y los acuerdos políticos.
La alcaldesa no ha sabido, en toda su gestión, hacer que se interprete cual es esa personalidad. ¿Para qué sector trabaja? ¿Cuáles son sus prioridades? ¿Y sus programas insignia? ¿Es abanderada de la 4T o de grupos políticos de antaño, aferrados a los negocios del municipio?
Por eso cualquier golpe mediático es para ella fulminante. AMLO, con cada golpe de la derecha mediática, se posiciona exactamente donde quiere. Pero con Mara no es así porque, como dijo Séneca: “No hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va”.
A eso debe sumarse que no quiere tomar decisiones que le generen enemigos o problemas, un imposible en política. Por ejemplo, la interminable filtración de documentos a la prensa surge desde enemigos internos evidentes, pero que no los echa porque forman parte de acuerdos políticos ya insostenibles.
El trabajo social, que sí se hace, queda deslegitimado por todas esas situaciones, que han puesto al Plan B en terapia intensiva.
MARYBEL Y LA POLARIZACIÓN
En ese contexto, aparece el nombre de Marybel Villegas. La senadora parece la más avanzada en la lucha por la candidatura al 2022 en el morenismo. Y su proyecto busca afanosamente la polarización. En ese sentido, tiene bastante claro lo que debe hacer.
Incluso, ya se nota en el ambiente político y mediático una toma de posiciones al respecto. Hay una avanzada marybelista muy sólida, con aliados importantes. También, por cierto, hay otros aliados impresentables, que son el verdadero problema para la senadora.
La relación innegable de Marybel con todo el borgismo residual es, sin duda, su talón de Aquiles. Pero el problema para sus adversarios es que el impacto mediático de esa relación no es contundente aún.
A la senadora la prensa no la impacta tanto como a Mara, por ejemplo, porque entre otras cosas no la desgasta el ejercicio del poder, y tiene una estrategia sólida. Ya lo dijimos aquí en otra columna: Marybel no busca amigos donde no los va a conseguir, pero sí fideliza aliados donde puede.
La posibilidad de que ella sea la candidata de MORENA es algo así como la suma de todos los males para el resto de la clase política. Excepto para el borgismo residual, sus nuevos aliados, y un sector del morenismo ideológicamente desorientado.
PLAN C
Si Marybel se consolida en ese espacio político, el oficialismo deberá tomar posiciones más activas. El Plan tendría allí sus dos primeras C: la de Carlos Joaquín, que debe ser el impulsor de esa operación, y la C de competitividad, que es lo que se necesita para 2022.
¿Fue casualidad que este sábado haya habido dos golpes al corazón del borgismo? La recuperación de un terreno que Roberto Borge le había otorgado irregularmente a la familia Millar, y la detención de Raul Labastida, aparecen en ese contexto.
¿Es una señal de que ese borgismo residual que circunda a Marybel Villegas debe empezar a cuidarse? Todo puede ser. Al menos, el nerviosismo se apoderó de todo ese grupo ayer. También, desde allí se lanzó la pregunta de si es necesario, a esta altura del sexenio, reabrir esa batalla incierta.
La C del Plan también debe incluir a quien se quedaría con esa hipotética candidatura. La diputada panista Cristina Torres aparece en ese lugar. Cualquier análisis electoral dice que es la aspirante más avanzada de ese espacio político. Cristina es dueña de un dato particular: cuando fue a su reelección en Solidaridad en 2018 sacó 40% más votos que en la elección de 2016. Sólo el tsunami AMLO le impidió ganar en esa ocasión.
Quizá podría posicionarse para pelear ese municipio o un espacio federal en 2021, ganarlo, y desde allí jugar la aventura de la gubernatura. Es una opción. El otro nombre que puede sonar allí es el de la senadora Mayuli Martínez. No hay más.
La pregunta más difícil, sin embargo, es: ¿Podrán el oficialismo y sus aliados ser competitivos en 2022? Allí no hay una respuesta fácil. Hay quien dice que el lopezobradorismo es poco menos que invencible en Quintana Roo. Pero también hay quienes dicen que el desgaste del poder llegará hasta AMLO tarde o temprano.
Sin embargo, mientras el paso del tiempo responde a esa pregunta, algún plan tiene que estar en marcha.