Mara en 75 días: buenas decisiones y malas compañías

Mara en 75 días: buenas decisiones y malas compañías
Hugo Martoccia – Mesa Chica 

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No hay momentos específicos para medir lo que un nuevo Gobierno comienza a realizar, pero analizar sus primeros 75 días, antes del sopor político natural que llega con las fiestas decembrinas, es una buena medida. A modo de síntesis podría decirse que Mara Lezama ha tenido un desempeño algo dispar pero interesante: hay varias buenas decisiones, pero aún subsisten las malas compañías y los nombres impresentables. Podríamos decir que la 4T se vislumbra en el horizonte, pero aun no se asienta en la realidad. 
Después de un comienzo muy fuerte con su discurso de toma de protesta, Mara tuvo casi un mes de silencio y confusión. Pasó semanas entre reuniones intrascendentes con grupos empresariales que no quieren a la 4T, y con una agenda débil. El colmo de esa confusión, por supuesto, fue su participación en el casamiento del hijo de Carlos Joaquín. Ese día, sentada con gran parte de lo más impresentable de la política local, Mara confundió a todos los que creen que ella puede significar una transformación. 
Debe decirse que desde ese momento crucial, todo fue para mejor. La gobernadora retomó una agenda social, salió nuevamente a las calles, y luego concentró toda la agenda pública y política con la presentación de su Presupuesto para 2023. 
Estamos ante una gobernadora que habla con la gente y puede sentarse horas en una acera a oír necesidades sociales. Pero a la vez, es una mandataria que no termina de sacudirse el cáncer político del neojaoquinismo, que está incrustado en todas las áreas de la administración pública, y que tampoco termina de definir una relación de sano acuerdo y distancia con el Verde Ecologista. 
Ya se dijo: buenas decisiones y malas compañías. 

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EL FACTOR CARLOS JOAQUÍN 

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El ex gobernador merece un párrafo aparte en este análisis, no por su posible destino como Embajador en Canadá, que es casi intrascendente para la política local, sino por las decenas de funcionarios suyos que aún manejan áreas centrales del gobierno. El neojaoquinismo, una de las plagas políticas más nocivas de la historia del estado, está muy vivo en esta administración. 
Mientras Óscar Montes de Oca esté en la Fiscalía General del estado; mientras José Alberto Alonso Ovando esté en Agepro; mientras Ricardo Sánchez Hau esté en Sefiplan (y así un largo y deshonroso etcétera); mientras todos ellos no se vayan, Mara no tendrá un Gobierno totalmente suyo. Cada día que Yohanet Torres pasa en el Congreso es una herida institucional para Quintana Roo. 
Una salvedad: en el entorno de la gobernadora dicen que en enero todo eso cambiará. Ojalá que así sea, por el bien de su gobierno y del estado. 
Pero esa realidad va más allá de echar a esos funcionarios. Incluye también una serie de denuncias penales que deben hacerse contra quienes desfalcaron al estado por miles de millones de pesos. La sociedad se entera cada día de un nuevo desfalco del ex gobernador, que ya pelea palmo a palmo con Roberto Borge el lugar del peor gobernador de la historia.
Y se pone peor. Hasta hora todo eran deudas y desfalcos económicos. Esta semana nos enteramos, por medios de comunicación nacionales, que la herencia de Carlos Joaquín incluye el complaciente permiso a grupos del crimen organizado para asentarse y gozar de protección en su sexenio. Un verdadero desastre. 
Todos saben que nada le va a pasar a Carlos Joaquín mientras el presidente Andres Manuel López Obrador lo proteja. Y todos entienden que Mara debe aceptar ese acuerdo, que la supera. Pero la gobernadora no tiene porqué ir más allá en esa protección inexplicable. 
Es una relación que nadie entiende. Hay quienes dicen que Carlos Joaquín le quitó rivales políticos y electorales a Mara, y por eso ella ganó Cancún y luego fue gobernadora. No es cierto; Mara iba a ganar de cualquier forma. Nunca necesitó al ex gobernador, que electoralmente no tiene ni tuvo peso alguno. Eso parece más bien una excusa que una realidad. 
Pero algo debe decirse: esa relación comienza a tomar destinos extraños. En los últimos días surgió una versión que dice que Cristina Torres es una imposición de Carlos Joaquín a Mara en la Secretaría de Gobierno. Por eso la casi nula relación de la gobernadora con quien debería ser su brazo político. 
Algo debe haber de cierto, porque en la Consejería Jurídica del Gobierno del estado ya trabajan para quitarle atribuciones a la Secretaría de Gobierno. Quieren a dejar a Cristina sin brazos políticos, y así le van a señalar el camino de salida. 
Más allá de esos hechos casi anecdóticos, Mara debe explicar alguna vez esta relación nociva con el ex gobernador. Es algo que la gobernadora deberá resolver antes de que el bono democrático que le dio el 57% de los votos del 5 de junio pasado se acabe. 
Cuando eso suceda, lo que no haya señalado de Carlos Joaquín, la convertirá en su cómplice. La política es así de cruel. 

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EL FACTOR ANAHÍ 

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Hay que aclarar algo: Anahí González es sólo un nombre propio que representa las peores desmesuras del morenismo. Pero no es una ataque a la persona. Anahí es una mujer inteligente y trabajadora; una diputada responsable y una política activa. Más allá de posiciones personales a favor o en contra, no es alguien que pueda señalarse por graves actos de corrupción o algo semejante.
Explicado eso, lo que hay que decir es que el proyecto Anahí es una exhibición casi obscena de que el lopezobradorismo no tiene límites a la hora de querer imponer sus criterios. 
Anahí fue regidora, presidenta MORENA, candidata a diputada federal por el sur y ahora aspirante a alcaldesa por el Cancún. ¿Parece una incongruencia? Claro que lo es. Pero a MORENA no le importa. Mientras ella tenga el cobijo de Rafa Marín y la venia de Mara Lezama, puede ser lo que sea, cuando sea y como sea. 
Eso piensan en el morenismo, aunque quizá no se tan fácil. El evento de su inconcebible Informe de labores en Cancún este sábado (ella es diputada por el sur del estado) fue un fracaso importante. Mara movilizó a toda la estructura y se le dio a Anahi cobijo político y mediático, pero no alcanzó. 
Los análisis que se hicieron el día después dicen que la diputada federal no instaló su imagen en ningún lado y nadie siguió su evento. La semana que viene la espera Chetumal, donde le irá peor. Su relación con la alcaldesa Yensunni Martinez está rota, y es muy probable que su evento quede vacío. 
¿Eso significa que Anahí no puede ganar una elección? Para nada. Aunque suene paradójico, lo más seguro es que si Anahi es candidata de la 4T, a lo que sea, va ganar. 
Pero Anahí no se ha preparado para el gran público. Aspira a lograr la candidatura en un escritorio y ganarla con un eslogan. Y Cancún no es así. Para que ella fuese diputada por el distrito 2 en 2021, literalmente, casi tuvieron que esconderla de los grandes eventos. En Cancún eso es imposible. 
Quizá el camino sea quitarle todos los rivales posibles en los tribunales electorales. Lamentablemente, parece que MORENA se está convirtiendo en eso.
Ante ese escenario, la señal que deja el error de este sábado es que por ese camino MORENA va derecho a alejarse de la gente y de sus bases electorales. Es sólo cuestión de tiempo. Pero parece que, hoy, a nadie le importa.

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DEL PRESUPUESTO Y COSAS PEORES 

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Mara Lezama ha presentado un presupuesto de egresos que dignifica la 4T. Muchos recursos a desarrollo social; programas de entrega de alimentos y medicamentos, y apoyos para el campo y la seguridad, entre otras cosas. 
A pesar de todas esa buenas noticias, el diablo ya se ha metido en los detalles. Los diputados se niegan a bajarse los recursos de manera considerable, y el Gobierno del estado ya dobló las manos con los hoteleros: les está entregando 1300 millones de pesos para sellar una “pax hotelera” innecesaria por donde se la mire. Es un despropósito que debilita la 4T. 
El Gobierno debe decidir si quiere quedar bien con Jesus Almaguer y su tropa de hoteleros insaciables. O con los 310 mil quintanarroenses que votaron a Mara Lezama para que cambien las cosas. Alguien debe decirles, fundamentalmente, que es imposible quedar bien con las dos partes. 
Lo que pasa es que hoy todo es euforia por el carisma de Mara. Pero no hay que confundir las señales de la calle. Hay gente que le demuestra a Mara todos los días cariño y respeto, y hay quienes no están de acuerdo con ella. Hasta ahí, todo es fácil de entender. 
Pero el verdadero problema son los estadios intermedios. Esa gente que aún no termina de convencerse de porqué un Gobierno diferente no rompe de manera definitiva con el pasado y da un salto real hacia lo nuevo. 
En sus primeros 75 días, Mara no resolvió ese conflicto. La mirada optimista dice que aun le queda mucho tiempo. La pesimista dice que el poder ya la aburguesó. 
Quizá en otros 75 días busquemos el indicio de una respuesta.